Con nuestros corazones puestos ya en la preparación de la Semana Santa le otorgamos todo nuestro esfuerzo y dedicación no solo con el preludio de ensayos y preparativos, de cuenta atrás hacia nuevas ilusiones como  la  antesala  que  precede a la más grande de las festividades cristianas, sino con  la  reflexión  individual  y colectiva sobre cómo disponer dichos corazones para acoger el verdadero significado de la muerte de Cristo, que no es otro que el significado de la Resurrección y el de la esperanza.

 

Resurrección y esperanza, dos palabras que llenan los corazones vacíos y cansados y que logran despertar los corazones sufrientes y oprimidos. La esperanza de la Resurrección, resucitar en la esperanza.

 

En esta dedicación colectiva a la Semana Santa de Torrent despunta la labor incesante de cada una de nuestras Hermandades, que poseen la gracia de acercarnos a Cristo. Son el alféizar donde se apoya el mensaje de la muerte de Jesucristo y la alegría de la Resurrección. Por ellas y con ellas se transmite su misterio y a través de la oración se llega al Padre. Las Hermandades ayudan a llevar la cruz del descarte y la indiferencia, soportan la ignorancia de los incrédulos y alientan a quienes las observan de reojo, desconfiados. Son cirineos compasivos, custodios del sentimiento cristiano. Por cada Hermandad que avanza, un alma se detiene y en recogimiento implora, arrodillándose ante el Señor, mientras le sigue con la mirada y con el corazón.

 

Las Hermandades poseen la gracia de acercarnos a Cristo, a través del camino de la Pasión, palpable en cada muestra de respeto, sellada por el silencio, un silencio que concede la oportunidad de estar en conversación con Jesucristo y María, en cada redoble de tambores que marca el paso firme y el ligero movimiento de las capas, en cada luz temblorosa del cirio que quema lentamente cada traslado, en los pies desnudos de unos penitentes de corazones engalanados, en la devoción personal a cada imagen, en las plegarias de unos padres por sus hijos y de unos hijos por sus padres. Las Hermandades nos acercan a Dios porque nos ofrecen vivir el cristianismo desde nuestro interior, tejiendo redes de fraternidad, siguiendo a Jesús y escuchando su mensaje redentor.

 

El Papa Francisco supo dirigirse a las Cofradías y Hermandades del mundo exhortándolas a una “verdadera autenticidad evangélica, eclesial y con ardor misionero”. Sus palabras nos alientan a la evangelización, porque las Hermandades son piedad popular, tesoro de la Iglesia, aludiendo siempre a Cristo como fuente inagotable de amor que siempre nos protege para no conformarnos con una vida cristiana mediocre. Una Iglesia que también necesita de las Hermandades por ser células vivas de vida cristiana y misionera, manteniendo viva la relación entre el creyente y la Fe en Dios.

 

Así es como las Hermandades poseen la gracia de acercarnos a Cristo, a través de los hermanos cofrades que unen y refuerzan, mientras nuestra Madre María nos ayuda con su intercesión y presencia en la tarea preciosa y profunda de experimentar la vida a través de ellas. Hermandades que a través de sus manifestaciones en forma de afectos, dedicación, colores y símbolos, siempre con el sentimiento fortalecido, permiten que grabemos las imágenes en nuestra memoria para guardarlas en nuestro corazón todo el año.

 

Nuestros hermanos cofrades se mezclan con la tradición cristiana de una ciudad que acoge desde el corazón la semana de la Pasión. Son hermanos comprometidos que engrandecen la Semana Santa con pequeños gestos, que buscan el sentimiento en cada detalle, un recuerdo en cada pliegue del hábito,  una  mirada de complicidad en cada rostro, un ápice de devoción en cada paso repetido en la noche, en la madrugada o con el sol escalando las paredes de una ciudad que aguarda respetuosa para contemplarlas. Hermanos cofrades capaces de tutelar el verdadero significado, hermanos entregados, personas buenas y humildes.

 

En poco tiempo traspasaremos el dintel de la Semana Santa y en este sentimiento de Hermandad comprometida tu recuerdo, Mengibar, repicará con más ímpetu y tristeza, porque no tuvimos tiempo de despedirnos, porque fuiste un hermano bueno, porque será imposible no recordarte empujando con tu corazón el Paso de la Flagelación, mientras avanza recortando un cielo oscuro, sin color. Siempre detrás de tu Cristo, el de la mirada profunda, el de la sierpe enroscada en la cabeza, el del cuerpo doliente atado a la columna.

 

El Cristo que nos puso a todos en el mismo camino y nos regaló tantos años de Hermandad, un hermano de toda la vida y para toda la vida. Dedicación e ilu- sión hilando la historia de la Flagelación, con agradecimiento y lucha, como hiciste con tu vida.

 

Hermano, más de hechos que de palabras. Un gran amigo.

 

Seguirás aquí, como tantos otros que ya no están, porque tu memoria permanecerá en cada una de las palabras con las que descontabas los días que quedaban para Semana Santa para luego contar lo bonito de ella. Tu recuerdo perdurará a través de tu silencio, vivo en nuestros corazones, donde te seguiremos llevando siempre, mientras pintas el cielo con los colores de la Pasión.

 

En el preludio de la Semana Santa, cuando asoman los primeros guiños de la Pascua, nos disponemos a vivir intensamente el mensaje cristiano, desde la Iglesia, desde cada Hermandad. Cofrades que seguimos trasmitiendo el mensaje de Cristo, doloroso y victorioso, junto al recuerdo de los hermanos en espíritu que nos siguen alentando desde el cielo, al lado del Padre, para trabajar con tesón, para ser misioneros del mensaje que nace de la escucha de la Liturgia, fraguando el auténtico sentimiento de Hermandad, que no es otro que el del amor a Dios.