Ni el sepulcro vacío, ni la piedra removida que ven las mujeres son lo que les hace tener fe. Las dos cosas podrían haber sido hechas por manos humanas. El anuncio de la Resurrección del Señor no es consecuencia de los datos comprobables o demostrables, sino que se llega a creer por revelación de Dios y por la fe.

 

Nosotros no hemos visto el sepulcro vacío ni la piedra removida y, sin embargo, tenemos fe en el poder de Dios que Resucitó a Jesús de entre los muertos. Las pruebas humanas son siempre discutibles. El poder de Dios es indiscutible.

Para creer hay que ir por otro camino. El que cada uno de nosotros hemos seguido: escuchar la Palabra, celebrar de pequeños apoyados en la fe de los mayores, permanecer unidos en la comunidad, humillarse en la oración y súplica a Dios, rumiar la grandeza y bondad de Dios. De este modo sabemos que no nos hemos inventado la Nueva Vida del que murió por nosotros en la Cruz. Para creer en la resurrección hay que creer en el poder de Dios que nos supera. Más bien diría yo que creemos porque dudamos de todas las demostraciones que pretenden decirnos que la resurrección es una cosa evidente. No seamos superficiales. No es evidente la resurrección del Señor

Allí hay un joven vestido de blanco enviado por Dios y el santo temor de las mujeres que se acercan a cumplir una  obra de caridad. Precisamente ante la presencia de algo celestial, ellas muestran que ese mensaje viene de Dios. La fe viene de que Dios actúa a su manera. Y lo último que Dios quiere es obligar a creer “demostrando” que Jesús resucitó.

 

¡Qué hermoso mensaje a las mujeres cuando se quedan boquiabiertas ante la tumba vacía!: "No temáis” ante esta revelación que os supera. Es Dios el que quiere revelarse en este acontecimiento. "Podéis ver el sitio donde lo pusieron": "No está aquí". Enterrasteis un cadáver, mirad que no está. Buscáis a ese Jesús que caminó y vivió entre vosotros: "no está", ya no existe el hombre Jesús: ¡Ha resucitado!: es otro.

 "Y va delante de vosotros a Galilea": donde le vieron tantas veces alrededor del lago. Ahora el lago es el mundo; Él seguirá actuando en el mundo de otra manera. No necesitamos ver ya sus andanzas, sus actuaciones, sus milagros, su ministerio. Él hará ahora lo mismo, pero de otra manera, pero con su mismo estilo envuelto enla debilidad y la penumbra de la fe. Dios no es contundente.

El Resucitado ahora es universal: resucitar le convierte en Señor del mundo   y de la historia: todo es de Él y todo camina hacia Él, aunque no veamos la fuerza de su atracción. ¡Somos tan poca cosa los humanos! Pero Él tiene las llaves de  la muerte.

Volvamos a Galilea: a "ver" a Jesús resucitado y ser sus testigos; volvamos a estar con Él, compañeros elegidos por Él; sigámosle sin temor; actualicémosle nuestro amor penando con Él en las dificultades de la misión, de la evangelización en el mundo de hoy. No nos falta nada de lo que los apóstoles "vieron", "tocaron", palparon": seguimos ahora a un Cristo más "real" que el que comía, dormía, sufría y amaba con ellos: está ya libre de toda atadura, fracaso, y muerte; aunque vive aún entre nosotros en la debilidad de la fe. No confundamos la debilidad con la ineficaºcia: Dios es débil en sus manifestaciones, pero eficaz en la conversión del mundo hacia Él. Si buscamos pruebas dejaremos de creer. La gran prueba es el poder de Dios.